Ocurrió hace quince años, quizás dieciséis… Una noche de San Pedro.
En un pueblo del norte, un pueblo de calles estrechas, empinadas escaleras y casas de colores que parecían colgadas sobre el puerto. Un pueblo de aroma marinero, de gentes amables de voces alegres.
Un pueblo que celebraba sus fiestas grandes. Un pueblo reunido en una plaza para escuchar L´Amuravela que, como año tras año, siglo tras siglo, comenzaba así:
En el nombri de Jesús
y la Virgin Soberana,
vou ichar l'Amuravela
comu San Pedru asperaba.
Entre el gentío había una niña, de unos quince años, quizás dieciséis. Perdida entre la multitud y sin entender una palabra de pixuetu, en lugar de escuchar sólo buscaba. Buscaba una cara, buscaba unos ojos. Le rogaba a las
xanas (esas pequeñas hadas que acababa de conocer) que lo trajeran hasta ella.
Y sus ruegos fueron escuchados y allí, en el puerto de Cudillero, oliendo a mar y a fiesta, sus ojos verdes se reencontraron con aquellos ojos negros. Era un guaje de unos catorce años, quizás quince. Él le guiñó uno de esos ojos negros y, sonriendo, desapareció de nuevo entre la gente.
El día se hizo largo. Hasta que el mar se tragó el sol y el día se transformó en noche. La noche de San Pedro. La noche mágica en que, desde entonces, comienza el verano.
Se encontraron de nuevo a la puerta de la Iglesia de San Pedro. En el revuelo de las risas aún infantiles, con la música de la verbena como banda sonora de la escena, él se acercó a ella y cogiéndola de la mano la condujo por las escaleras que hay tras la iglesia, hasta uno de los miradores. Y mirándola con aquellos ojos negros dijo, susurrando: “Hola niña”. Ella respondió con un hilo de voz, “hola guaje”. Y entonces él la besó. Con esos labios adolescentes, que sabían a fiesta y a mar.
Y a aquel siguieron muchos besos aquel verano. Besos de risas y playa. Besos de arena y miradores. Besos de olas y sueños. Besos de xanas y praderas. Besos de verano y de juventud.
Y el verano acabó con un corazón de plata dividido en dos mitades, una mitad reflejada en unos ojos negros. Otra mitad en unos ojos verdes. Dos pares de ojos que lloraron el final de un verano que, sabían, nunca volvería a repetirse.
Y desde entonces, el verano comienza la noche de San Pedro.